Auxiliadora Coronada

José Carlos López: “María, Madre y vocación”

José Carlos López: “María, Madre y vocación”

Hace unos días he tenido el inmenso regalo de vivir unos ejercicios espirituales, una semana dedicada solo a mí y a Dios. Sin responsabilidades, sin tareas, sin prisas… Aunque sí es cierto en muchos momentos a lo largo del día la cabeza se iba a pensar en mi casa, en mis jóvenes, en mis animadores, en mis clases…  Pero lo reinante en esos días ha sido por suerte un encuentro más personal con Dios.

En estos ejercicios se suele hacer la invitación en una de las mañanas o de las tardes a repasar nuestra vida, nuestro camino vocacional, nuestras motivaciones, nuestras alegrías y gozos, y también nuestras lagunas y oscuridades. Bueno, pues en este momento he hecho descubrimientos en mi vida que bueno, estaban ahí, pero no era del todo consciente. Me pregunté: “¿De dónde me viene a mí la devoción a nuestra Santísima Madre?”, claro la respuesta rápida es, “pues porque he sido alumno en un colegio salesiano”. Pero quise ir más allá… y recordé, recordé cuando era niño, esos largos veranos, en los que tenía la suerte de irme “al pueblo de mis abuelos”. Como disfrutaba allí de mis abuelos, de salirme a la puerta de la calle por las noches, de irme a dar paseos por los caminos tempranito con mi abuela, de ir con mi abuelo a coger cangrejos… y un recuerdo que tenía ahí, pero no le daba importancia. Cómo veía a mis abuelas rezar el Santo Rosario cada día… Una con la ayuda de Radio María. Ese momento era sagrado. Se paraba lo que se estaba haciendo y se dedicaba a rezar el Rosario. La otra, en la plaza de delante de su casa, junto con otras mujeres que vivían al lado. Todas dejaban sus tareas para dedicárselo a la Madre. A la que ellas consideraban tan importante.

Y vaya si consiguieron cosas importantes, consiguieron que un chiquillo que en aquel momento no entendía prácticamente nada de lo que se estaba diciendo encontrara a la Madre en su vida. Y de ahí el germen, la primera semilla que lo llevó a amar a la Auxiliadora con locura desde que pisó el colegio Salesiano, la que se convertiría en su casa.

Y es curioso cómo actúa Dios en la historia personal de cada uno. No suele hacerlo con estruendo ni con grandes manifestaciones. Lo hace en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo aparentemente pequeño. En una plaza de pueblo al caer la tarde. En una radio encendida en la cocina mientras se termina de recoger. En unas manos arrugadas que pasan las cuentas del Rosario casi de memoria. Allí, sin yo saberlo, se estaba escribiendo una página decisiva de mi vida.

En aquellos veranos yo no entendía el alcance de lo que estaba viviendo. Me parecía algo normal. Pero ahora, con la distancia y la mirada que regalan los ejercicios espirituales, comprendo que aquello fue una verdadera catequesis. Fue transmisión de fe sin discursos, sin clases, sin explicaciones teológicas. Fue el testimonio silencioso de dos mujeres sencillas que creían de verdad que María era Madre, que estaba presente, que escuchaba.

Y esa experiencia, aparentemente tan simple, echó raíces profundas. Porque la devoción a María no nace solo de una enseñanza, que es necesaria, sino de una experiencia afectiva. De sentir que hay una Madre, la Auxiliadora. De percibir que uno no camina solo. De saber que alguien intercede, cuida, acompaña, auxilia.

En los ejercicios espirituales he podido dar gracias por esa cadena invisible de fe. Porque nadie llega a amar a la Auxiliadora por casualidad. Siempre hay rostros concretos detrás. Siempre hay una historia. Siempre hay alguien que rezó antes por nosotros. Alguien que sembró.

Yo doy gracias a Dios por mis abuelas y mis abuelos. Por su fe sencilla y firme. Por su Rosario diario. Por haber sembrado sin saber hasta dónde llegaría aquella semilla. Y doy gracias por esta familia salesiana que me ayudó a poner nombre y forma a aquel amor primero.

Que María Auxiliadora nos conceda la gracia de ser también nosotros fieles. Que nos enseñe a confiar como hijos. A servir como discípulos. Y a sembrar sin miedo, sabiendo que lo pequeño, en manos de Dios, nunca es insignificante.

Porque, al final, la historia de cada vocación es siempre una historia de gracia… y casi siempre empieza con una Madre.

José Carlos López Barba, sdb.

Coordidor de Pastoral de la Casa de la Santísima Trinidad