Un año, un símbolo: Divino cetro de Sevilla
Fran Piñero, periodista de ‘El Llamador’ de Canal Sur Radio
Hace casi un cuarto de siglo que no atravieso, con la asiduidad de un escolar en busca de la primera lección de la mañana, el arco que delimita el recinto salesiano trinitario. Gran parte de lo que hoy soy se fraguó durante aquellos efervescentes años en los que se iban haciendo un hueco dentro de mí conocimientos de matemáticas, geografía o idiomas, como también qué era aquello de la sevillanía y, lo más importante, cuál era el camino para ser una buena persona.
Ahora que ese arco es sólo una visión fugaz en el camino a mis quehaceres y responsabilidades diarias, pues la vida ha querido mantenerme cerca de la Madre de Dios según Don Bosco, es cuando entiendo con mayor claridad que hubo más lecciones que las que retuve en aquellas inconfundibles aulas.
María no esquiva su mirada a quien le implora, sino que con la dirección de sus ojos nos emplaza a su corazón
Enseñanzas que hablan del poder de la devoción a María Auxiliadora, del amparo infinito que emana de la quietud de su dulce y casi hierático rostro cuando así ha sido preciso. De entender que María no esquiva su mirada a quien le implora, sino que con la dirección de sus ojos nos emplaza a su corazón.
De su personalísima iconografía siempre me llamó la atención la grácil pero firme manera en la que sostiene su cetro, ese emblema de realeza y poderío con el que, de alguna manera, uno siente protección, justicia y la rectitud de lo correcto.
Y es entonces cuando uno repara en la unción de la talla. En cómo ha logrado calar en el marco devocional de una ciudad como la mariana Sevilla, donde se cuentan por decenas las advocaciones que arrastran fervor. Ya sea por el empuje de la Semana Grande o por haber sido la inspiración de un rey que cambió la historia de Sevilla, Andalucía y España.
A María Auxiliadora la reconoce el callejero hispalense con un importante tramo de su vía más neurálgica, que para colmo es casi una metáfora de lo que supone contemplarla y rezarle: nace en el mismo compás salesiano para poco a poco abrirse a la gran urbe y vertebrarla.
Es el eje sobre el que se dispone un majestuoso templo como pocos hay en Sevilla. Y no es una forma de hablar, pues su condición de basílica menor -por decreto papal de Benedicto XVI- sólo la ostentan otros tres donde reciben culto auténticos puntales de la fe sevillana.
Su intercesión se convirtió hace décadas incluso en patronazgo, el del cuerpo profesional de los agentes de Aduanas, como uno de los episodios quizá más desconocidos del siglo y un tercio que lleva recibiendo culto en este enclave de la antigua zona extramuros.
Pero es que, además, sus sienes portan una corona con rango canónico desde mayo de 1954, año que en el imaginario cofradiero marca el inicio de las distinciones del sentimiento supino en torno a una imagen de la Virgen.
Rendidos a tus plantas: nunca hubo tanta profundidad en un melódico credo.
Así lo quiso también el Vaticano, dando el beneplácito al trasfondo de una ceremonia que, de manera pionera, se celebró fuera de los muros catedralicios, en lo que hoy conocemos como Puerta de Jerez. Con las manos del cardenal Segura imponiendo la presea bajo el sol de la primavera sevillana.
Sol, otra palabra que también copa renglones de la historia de la archicofradía. Casi una extensión del suelo salesiano. Una trinidad de letras fragante y sonora que bien podría ser el ‘devociómetro’ a María Auxiliadora, si es que los asuntos del corazón pudieran calibrarse en una balanza.
Ahora que inevitablemente se va alejando el recuerdo de los pupitres resurge con más fuerza el significado de aquellos versos, incómodos para una mente infantil, que hablaban de consuelo en las horas de la lucha y de lo que vendría después, si dios y la Virgen quieren. Rendidos a tus plantas: nunca hubo tanta profundidad en un melódico credo.
Ella era simplemente mi Virgen de la infancia, la de las primeras ‘conversaciones’ con la divinidad cuando quedaba toda la vida por delante
Y uno toma cada vez más cuenta del legado recibido, el que hace que inmediatamente se reconozca en algún caprichoso atardecer de tonos pastel el mar de banderas rosa y celeste que siguen empuñando los pequeños alumnos salesianos cuando la ocasión es precepto.
Que ningún día 24 es el mero transitar por el último cuarto del mes. Mucho menos en mayo, cuando ese número, como por acto reflejo, se eleva de repente a la novena. Cuando una bajada es, paradójicamente, la forma más directa de subir al cielo.
Nunca fui tan consciente de todo lo que cabía en su delicado cetro hasta que me enfrenté a estas líneas. Ella era simplemente mi Virgen de la infancia, la de las primeras ‘conversaciones’ con la divinidad cuando quedaba toda la vida por delante. Y tal vez radique ahí su gracia más rotunda. La de conseguir que quien la contempla se despoje, aunque sea por unos momentos, de todo lo que no sea la pureza de un niño que siempre necesitará el auxilio de su Madre.





