Auxiliadora Coronada

Marcelino Manzano: “Duc in Altum”

Marcelino Manzano: “Duc in Altum”

Ante todo, un cordial saludo en el Señor a todos los hermanos, devotos y bienhechores de esta querida Archicofradía de María Auxiliadora. Ha querido Ella que este año 2026 participe especialmente en su novena, lo que supone un gran honor y alegría para mí que, no teniendo una vinculación directa con la familia salesiana, he podido conocer y cultivar la amistad con miembros de la congregación, algunos tan entrañables como mi amigo Juanjo Galeote SDB, o mi maestro en la atención pastoral de las hermandades, D. Antonio Mª Calero SDB, por reseñar dos que estoy seguro de que contemplan el rostro de nuestro Señor en el cielo, junto a San Juan Bosco y María Auxiliadora.

Se presenta un arduo pero esperanzador año por delante: este 2026, en el que, tras el congreso internacional de hermandades y el año jubilar, recuperamos el ritmo más ordinario en la vida de la iglesia diocesana, con los permanentes retos para nuestras hermandades y cofradías como parte importante de la Iglesia de Sevilla y la Iglesia universal. Yo englobaría esta vuelta a la actividad normal (no por ello menos intensa y fecunda que en el año anterior) con el lema episcopal de nuestro Arzobispo D. José Ángel: “Duc in altum”, o sea, “Rema mar adentro”, que es la invitación de Jesús a sus discípulos en el mar de Galilea a confiar en Él y en dirigir la barca para echar las redes mar adentro, sin miedo, para que la pesca sea abundante. Ponernos manos a la obra bajo estas palabras tan significativas del Señor, de manera que inspiren nuestras iniciativas personales y las iniciativas comunes de toda la hermandad en orden a la espiritualidad, la caridad, la formación, la fraternidad y la evangelización, que son los fines que a las hermandades encomienda la Iglesia de Sevilla, y todo ello en comunión y sinodalidad, es decir, en unión verdadera con la comunidad eclesial (la parroquia o en este caso también, la comunidad educativa del colegio con sus antiguos alumnos, la archidiócesis hispalense y la Iglesia universal). Porque los cofrades somos discípulos misioneros llamados a la santidad. Las reglas de las hermandades responden a cada una de estas dimensiones: vocación a seguir a Jesucristo con una vida santa que se anuncia y se comparte.

Para responder al reto de la santidad personal y de una pastoral evangelizadora en nuestra archidiócesis, cabe recordar que es una llamada a todos los bautizados, que debemos tener el coraje de escucharla y responder generosamente, con la gracia de Dios. Para ello hace falta que los cofrades tengan unas actitudes fundamentales.

La primera es vivir una profunda espiritualidad. Una vida de oración intensa, que se alimenta fundamentalmente de la Palabra de Dios y de los sacramentos. Es preciso descubrir la Eucaristía como la fuente y la cumbre de la vida cristiana y de la vida de la Iglesia, y el sacramento de la Reconciliación como el encuentro con Cristo que libera del pecado. En la liturgia encontramos una escuela que nos ayuda a transmitir los aspectos más esenciales de la espiritualidad católica. La celebración correcta y viva de nuestros cultos va marcando la mente y el corazón de los cofrades con el sello trinitario a lo largo de todo el año y de toda la vida. La liturgia de nuestros cultos favorece en niños, jóvenes y adultos la educación espiritual más profunda, porque les enseña a vivir como hijos su relación con el Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo.

En la espiritualidad también ha de ocupar un lugar preferente María Santísima, Madre de Dios y madre nuestra, que desempeña una misión única en la historia de la Salvación y en la historia de la Iglesia. La Virgen María está presente en la vivencia de la fe, en la devoción, en el sentimiento, en el arte, en el latido del corazón de Sevilla, y por eso con razón nuestra tierra se denomina la «tierra de María Santísima». Ella está presente en cada corazón, en cada pensamiento, en cada paisaje. Sobre todo, María Auxiliadora, la devoción más universal que conozco, junto a la de la Virgen del Carmen. La protestación de Fe y la renovación del juramento de defensa de los dogmas marianos que hacen nuestras hermandades en su Función Principal es una prueba de cómo se mantienen vivos el amor y la devoción a María Santísima.

Pero no podemos vivir la fe de forma individualista, ni tampoco el apostolado, porque es imposible en la situación actual, y sobre todo, porque Dios nos llama a vivir la fe en familia, en Iglesia. El cofrade ha de tener conciencia clara de su pertenencia a la Iglesia, ha de amarla y defenderla con pasión de hijo, y ha de recorrer su camino de vida cristiana desde la unión inseparable a Cristo y a la Iglesia. Si no vivimos la unidad, no podemos ser creíbles cuando presentamos el mensaje cristiano. Por eso es especialmente importante el compromiso de todos para hacer de la hermandad una verdadera comunidad cristiana, una casa y escuela de comunión.

En medio de una sociedad líquida, el cristiano ha de ser un sujeto consistente y firme. Para llegar a vivir con firmeza, con consistencia, es necesario fundamentar la vida en Dios, y ese camino lleva a una existencia en verdad y humildad, en definitiva, a una existencia realista. La humildad sitúa a la persona en la verdad y la libra de la vanidad y la soberbia. El humilde reconoce que todo lo ha recibido de Dios y que no es nada por sí mismo. El camino de la humildad se aprende sobre todo desde la contemplación de Cristo, de su humillación hasta la muerte en cruz. Él, siendo Dios, acepta la máxima humillación, el máximo abajamiento, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2, 1-11), para el Perdón de nuestros pecados, como nos evoca el titular de la hermandad.

Desde la experiencia del amor de Dios, que genera un gozo inefable, el cristiano se ha de convertir en mensajero de alegría, que trasmite a los demás el gozo de haber encontrado a Cristo. En la sociedad actual hay personas que viven tristes, angustiadas, hastiadas; personas que materialmente lo pueden tener todo, pero que han perdido el sentido de la vida y el gozo de vivir; que lo han probado casi todo y que están cansadas de casi todo. Los logros materiales, los avances científicos y tecnológicos, las posibilidades de placer… no acaban de saciar su sed de felicidad. Será preciso ofrecer un testimonio de esperanza, transmitir una alegría sencilla y contagiosa que sin duda provocará no pocos interrogantes.

La solidaridad y la ayuda desinteresada al prójimo son el ejercicio de la caridad por parte de la Iglesia. En el fondo, se trata de la experiencia del amor de Dios que produce un nuevo modo de vivir como personas y como cristianos, una generosidad que nace del encuentro con Cristo en la propia realidad, en la propia vida, que mueve a ayudar a los demás. Por consiguiente, amar, compadecer, ayudar a los hermanos necesitados, es algo esencial para la Iglesia y para la hermandad, forma parte de su naturaleza más profunda. El amor de Dios nos lleva a compartirlo todo con los hermanos en la Iglesia y también nos lleva a traspasar sus confines para compartir la vida y los bienes con todo ser humano necesitado. La actividad de la hermandad en todos sus miembros tiene que ser una expresión del amor de Dios; un amor recibido, compartido y proyectado, que busca el bien de la Iglesia y el bien de toda persona que encontremos en nuestro camino.

Pongamos todas estas reflexiones a los pies de la Stma. Virgen. Rendidos todos a sus plantas, María Auxiliadora es venerada como Madre cercana y protectora del Pueblo de Dios, auxilio de los cristianos en los momentos de dificultad, guía segura en la misión evangelizadora y presencia maternal especialmente junto a los más pobres y a los jóvenes. Bajo su amparo, la Iglesia experimenta consuelo, esperanza y fortaleza. Y que por intercesión de San Juan Bosco, podamos ofrecer a la juventud de la archicofradía un camino de fe, alegría y compromiso cristiano.

                              Marcelino Manzano Vilches, pbro.

Delegado Diocesano de Hermandades y Cofradías de la Archidiócesis de Sevilla.