Auxiliadora Coronada

D. Ildefonso Casas Nieto: “María Auxiliadora, el milagro que aun esperas”

D. Ildefonso Casas Nieto: “María Auxiliadora, el milagro que aun esperas”

Con esta frase de don Bosco quiero arrancar estas palabras acerca de lo que para mí, como salesiano, significa la presencia de María en mi vida y en mi vocación.

Escribo desde los muros de un convento de clausura en San Pedro de Cardeña. Desde el silencio de sus paredes resuena aún mejor el amor y el cariño de un hijo a su Madre. Estas líneas van dirigidas a ti que te mueves en el ámbito de una ciudad, en el ruido del día a día, en el ambiente de un colegio o los pasillos de una basílica que nos hablan de prisas, de reuniones, afanes y mil cosas más.

María nos habla desde cualquier rincón. Solo falta que tú le prestes atención. Que la escuches o mejor dicho, que la dejes entrar en ese rincón del alma que todos llevamos dentro. Quizás la distancia influye, la lejanía hace que el amor duela aún más y el cariño se sienta más firme. Ser siempre más y más de María. Don Bosco siempre tenía en sus labios a la que hacía sus milagros. Y hoy nosotros tenemos el deber de proclamarla y anunciarla en tantos momentos de nuestra vida que nos faltarían días y horas.

María nos habla desde cualquier rincón. Solo falta que tú le prestes atención.

Así es mi relación con María Auxiliadora. Una madre a la que necesito y quiero dejar entrar en mi vida. Una madre a la que me gusta mirar desde el ajetreo de una vida salesiana entregada a los jóvenes a los que Dios ha puesto en mi camino. Y como no, en medio también de este silencio, tan necesario, para ver, escuchar y sentir la presencia de María en nuestra vida y su bendito Hijo.

Escribiendo estas páginas de exaltación a la madre para su próxima bajada, me doy cuenta que no solo podemos acudir a María para elogiarla y dedicarle los más hermosos piropos sino también para saber que su presencia es constante, permanente. Cerca o lejos, yo siempre pienso en vosotros decía Don Bosco. Así es y debe ser el amor a María Auxiliadora. Siempre presente, en la mente, en la cartera y en el corazón.

Para mí, predicar y exaltar a María Auxiliadora de la Trinidad es un sueño. Siendo novicio vinimos por vez primera a este entonces santuario, hoy basílica, para ponerme delante de Aquella. Una imagen a la que había visto en tantos almanaques, en tantas estampas y cuadros a lo largo de mi vida como niño o incluso como aquel joven que ni conocía a la congregación salesiana. Aquella a la que tuve la suerte de ver en sus novenas y bajadas cuando viví en la Trinidad para hacer el teologado. Algo inolvidable. Aquella a la que prediqué un año cuando vivía en el Colegio Mayor y a la que acompañé rodeado de esos colegiales. Aquella a la que siempre veía de formas diferente, pero con un único amor.

Vuelve el hijo de don Bosco para reconocer que en ti todo se puede, que contigo nada nos falta, que sin ti, no tenemos rumbo ni madre que nos esper

Hoy vuelvo a ponerme delante de ti para exaltarte después de todo lo que te han dicho en tus más de 100 bajadas. Vuelve el hijo de don Bosco para reconocer que en ti todo se puede, que contigo nada nos falta, que sin ti, no tenemos rumbo ni madre que nos espere.

Qué gran verdad aquella letra que nos recuerda una vez más y siempre que una Madre no se cansa nunca de esperar. Ojalá sus hijos no nos cansemos nunca de esperarla, de piropearla y exaltarla.

Así es nuestra Madre Auxiliadora de la Trinidad, la que nace a principios de septiembre. La que reluce en mayo y brilla como estrella cada enero; la que pone Esperanza en diciembre y nos auxilia cada día y en cada hora cuando rendidos a sus plantas pasas o entras, sales o dejas su bendito arco salesiano.