Saiz Meneses: “María, madre y esperanza de Sevilla”
María ocupa en la fe del pueblo cristiano un lugar singular de esperanza, entrega y confianza. La Iglesia enseña que la Inmaculada Madre de Dios, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo; y que el Señor la exaltó como Reina del universo. En ella se contempla el misterio de la victoria pascual de Cristo reflejada en su Madre; en ella resplandece la esperanza que no defrauda, porque en María contemplamos lo que Dios quiere obrar también en nosotros y en la Iglesia entera.
La imagen de “una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas” ha sido vista por la tradición de la Iglesia, a la vez, como símbolo de la Iglesia y figura de María. Entre dolores y combates, Dios la protege […]. En la Asunción resplandece la victoria del Cordero sobre el Dragón y la participación de la Madre en la gloria del Hijo.
Cristo es “primicia de los que han muerto”. En Él, “todos volverán a la vida”, y “el último enemigo en ser aniquilado será la muerte”. María participa plenamente de esta victoria por su unión íntima con el Hijo. La Iglesia, contemplándola, aprende también su propio destino. La Asunción es pascua de María y anticipo de nuestra resurrección.
El Magníficat revela a una María en camino, servidora y testigo del Dios que exalta a los humildes
María aparece asimismo en camino, llevando a Cristo, sirviendo con prontitud, escuchando y proclamando. En el Magníficat, Dios se revela como Señor de la historia, que enaltece a los humildes y colma de bienes a los hambrientos.
La devoción secular de Sevilla a Nuestra [Patrona], la Virgen de los Reyes, ha educado a generaciones enteras en un estilo genuinamente cristiano: realeza que sirve, belleza que evangeliza, ternura que sostiene. Desde los tiempos de san Fernando, la ciudad ha contemplado en esta imagen la cercanía de la Madre que acompaña las alegrías y las pruebas de su pueblo. ¡Cuántas gracias recibidas por su intercesión! ¡Cuántas lágrimas enjugadas al amanecer del quince de agosto! Pero amar a María es también imitarla. Su realeza no se mide por honores, sino por su total obediencia a Dios: “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38). Por eso la veneramos en su gloria, y por eso también la seguimos en el camino de fe, humildad, caridad solícita y fortaleza al pie de la cruz.
La Iglesia fue exhortada a renovar el don de la esperanza y a reconocer en los jóvenes un “ahora” de Dios. La esperanza cristiana no es optimismo psicológico, sino confianza teologal apoyada en la fidelidad de Dios que resucitó a Jesús y conduce la historia. De esa esperanza nace una misión concreta: ser artífices de reconciliación y de paz, testigos de caridad, constructores del bien común. La Asunción recuerda que nuestro destino es la gloria, y precisamente por eso no podemos desentendernos de la historia: “la vida eterna” comienza ya cuando, en Cristo, amamos y servimos.
[María] se presenta así como Maestra de esperanza: acompaña, guía, corrige, anima. El Magníficat es su programa: alabanza, memoria de las maravillas de Dios, opción preferencial por los pobres, gratitud y servicio.
La paz se construye con manos limpias y corazón valiente: manos que comparten, que perdonan, que tienden puentes
Sevilla es tierra de encuentro. A los pies de la Reina se elevó una súplica apremiante por la paz. Demasiadas heridas abiertas, demasiados inocentes que sufren en los conflictos que ensombrecen el mundo. La Iglesia no se resigna: ora, anuncia y trabaja por la paz. La paz se construye con manos limpias y corazón valiente: manos que comparten, que perdonan, que tienden puentes; corazón que reconoce la dignidad de cada persona y no cede al lenguaje del odio. Desde Sevilla se pidió el milagro de la paz y se asumió el compromiso de gestos concretos: reconciliación en las familias, respeto en la vida pública, rechazo de toda violencia, educación para la paz en parroquias, colegios y ámbitos eclesiales, acompañamiento espiritual y social de quienes arrastran las consecuencias de la violencia.
El Año Jubilar de la Esperanza [fue] una gracia llamada a fructificar en obras. La Iglesia recordó que el bien común es el conjunto de condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros alcanzar más plena y fácilmente su propio desarrollo y perfección […]. En ese horizonte resonó con fuerza la atención a los más pobres y a los inmigrantes que llegan huyendo de la miseria. El pobre no es un número, es rostro e historia. La opción preferencial por los pobres pertenece a la misión de la Iglesia inseparablemente unida a su tarea evangelizadora.
Acogida solidaria, integración leal y una implicación responsable por parte de los gobernantes: esas eran las tres claves imprescindibles
Una de las acciones concretas del Plan Pastoral Diocesano consistía en “potenciar y promover la acogida, el acompañamiento y la integración de las personas migrantes”. Acogida solidaria, integración leal y una implicación responsable por parte de los gobernantes: esas eran las tres claves imprescindibles. Por parte de la comunidad cristiana debía mantenerse una actitud de acogida solidaria hacia las personas necesitadas que llaman a la puerta; por parte de los migrantes, una actitud de integración leal en la nueva sociedad que les acoge. Y, como recordaba Benedicto XVI en la encíclica Caritas in veritate, un fenómeno de tal magnitud y complejidad solo puede afrontarse desde una estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino, acompañado de normativas internacionales adecuadas capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar los derechos de las personas emigrantes, así como los derechos de las personas y sociedades que acogen […].
También se hizo una llamada a potenciar la cultura del encuentro y de la participación. No hay bien común sin participación. Fue un tiempo favorable para tejer alianzas que sumaran: parroquias y cofradías, asociaciones y movimientos, universidades y centros de investigación, el mundo del trabajo y el de la empresa, el mundo de la cultura y el deporte. La Virgen de los Reyes enseña a caminar juntos. Y su realeza aparece, una vez más, como programa de servicio. La Iglesia reza por quienes tienen responsabilidades públicas para que, en medio de dificultades reales y complejas, busquen con rectitud el bien común, fundamento y medida de toda verdadera política. Esa búsqueda requiere corazón, prudencia y coraje; y se sostiene con la oración de este pueblo mariano. […]
Madre y Reina de Sevilla, […]
mira a tu pueblo que peregrina.
Sostén nuestra esperanza cuando flaquea,
enciende nuestra caridad cuando se enfría,
haz firme nuestra fe cuando vacila.
Intercede por la paz del mundo:
apaga la guerra, cura el odio,
consolida la justicia, fortalece el perdón.
Mira a los pobres de Sevilla, a los parados,
a los niños que carecen de lo necesario,
a los ancianos que sufren la soledad.
Abre caminos de vivienda digna para todos;
mueve corazones y estructuras,
para que ninguna familia carezca de hogar.
Acompaña a nuestras autoridades:
dales sabiduría, rectitud y fortaleza,
para servir siempre al bien común.
Haz de nuestros hogares, de nuestras parroquias,
de los movimientos, hermandades y realidades eclesiales,
escuelas de Evangelio y talleres de esperanza.
Y cuando llegue para cada uno “el último día”,
llévanos contigo a la gloria del cielo.
Amén.
Homilía del Rvdo. y Emmo. Sr. D. José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla
15 de agosto 2025





